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sábado, 30 de julio de 2011

Este invierno

Statue in the snow, fotografía de gadgetdan (algunos derechos reservados, bajo licencia Creative Commons 2.0)


A Esteban Casas, pues regresamos juntos aquella vez

Y entonces sentí un calor en las mejillas como nunca había sentido: una picazón en la epidermis que subía hasta los ojos para reventarlos de humedad. Me escapé y pensé: todo está perdido -y yo pedí, supliqué jamás jamás

Por supuesto que volvimos, dijo Biedma; esa es la verdad que destilamos como aplicados lectores: siempre se vuelve. O se regresa más bien. Lo otro son incursiones, escapes, en ámbitos desconocidos, o no propios, por ser más exactos. Se quieren rememorar; se quiere ir más lejos todavía y hacerle violencia a la "realidad", provocarla, accionar.

Pero él, lo diré ya por última vez, está hecho de palabra, para aquellos del mañana

Amén.

domingo, 27 de febrero de 2011

Marcas

Staple Bullets, fotografía de crysta_ling (Todos los derechos reservados)

Mi primera marca (o la segunda, pero la primera fue un acto de autoafirmación -esta también, es verdad). Otros se cogen la borrachera de sus vidas, se echan a caminar, se ponen al borde de la existencia: son sus maneras de simbolizar los cambios de estado, el paso del tiempo, o son simplemente unas extrañas ganas de regenerarse. Nada cambió, es cierto. Clac, hizo, como una grapadora en mi oreja, dos segundos o tal vez sólo uno. Un dolor puntiagudo, breve y aséptico. La nariz ensanchada momentáneamente por los efluvios del alcohol. Ya está, señorita. Tiene usted un agujerito nuevo en su cuerpo. Traspasada.


Es verdad que con cada segundo que pasa se banaliza; y al final, el momento más verdadero, más profundo o auténtico fue sólo ese microsegundo, fragmento de tiempo -ya pasó, ya pasó- escaso para degustarlo, para saborear el dolor. Clac, como una grapadora. Grampante.


Lo recordaré siempre, sin embargo. Será "mi agujero de": conmemorativo. La ocasión lo merece. Esa es la razón de que no pueda hacerme otro agujero de momento. Cada uno ha de tener su tiempo; la superabundancia sólo resultaría en su trivialización. No puede ser trivial traspasarte el cuerpo.

domingo, 31 de octubre de 2010

La Academia y la Vida (fragmentos)

Durante aquellos años, frecuentaba las bibliotecas
Boston University, Mugar Library, fotografía de roncaglia (Algunos derechos reservados, bajo licencia Creative Commons 2.0)


La gente no quiere discutir, debatir, prefiere estar cómoda en sus comunidades conversacionales.

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Si hay fronteras es que hay un mapa, con contornos definidos, un país.

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Nos estamos "encerrando". Con cada decisión que tomamos, con cada elección que hacemos… Estas elecciones, ¿nos unen o nos separan? ¿Nos abrimos al mundo o creamos un muro frente al exterior? ¿Nos cerramos e imposibilitamos toda comunicación?

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Todo lo que no llegó a escribir. Sus renuncias.

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Quizás otros le hayan leído con más atención e inteligencia, pero no con más amor, ese ejercicio de fantasía creadora.

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Eso que llamamos realidad se empeña en matar la literatura.

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Hay una diferencia
sólo y exclusivamente ahí (en los sentimientos)
donde empiezan las sonrisas -la curva de sus labios, las arrugitas y las mejillas redondeadas y le chisp -chisporrot- ean los ojos y lo llamamos sonrisa, "sonrisa" he dicho.
Las sonrisas que se dan

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Al contacto con el aire las fantasías se estropean.

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El pulso que se echan fantasía y realidad lo gana la realidad, expulsando a la fantasía de su entorno.

domingo, 21 de marzo de 2010

El rojo y el negro


A las poetas les gusta hablar de la sangre, lo rojo: el vientre que se rompe, deshecho en coágulos… menstr-menstr-uando-ación. Les sienta bien, como a otros el vaso de alcohol y la puta en el colchón. Les gusta calibrar cuánto duele y calcular los gramos de ibuprofeno que hacen falta para matar el dolor; decir de la mancha roja que absorbe con impotencia la compresa o del tapón que contiene la marea. Sale de mí, va de mí, soy yo… rojo en el inodoro.

(“dantesco”, dije la primera vez, con una mezcla de espanto y de normalidad asumida – una premonición de la rutina – yo era muy libresca)


No sé por qué nunca hablan de lo más importante. Antes del rojo, los días en negro. El borde de la existencia.

(a las poetas nos gusta hablar de la sangre, lo rojo… nos sienta bien… etc.)

lunes, 4 de enero de 2010

Campanadas

Acción-reacción.

Como no pasa nada, nada pasa así se pasa el tiempo, accionas, pones el dedo, blandamente, le haces un hoyuelo a algo que está ahí: haciendo-se sucediendo-se, para ver qué pasará que se repa-pasará, repicando como campanas los acontecimientos encadena dos dos veces: acción y reacción. Tolón tolón.


Si yo no accionarara nada reaccionarara y estariamomos como estababamos… así de quieeeeetos, estirándonos en el tiempo, y yo quiero que pasen cosas, COSAS COSAS, que pasen cosas en grande, a lo grande, grandiOsosas.

domingo, 5 de abril de 2009

Hermana, soy un poeta

- Hermana, soy un poeta. Un poeta cansado y un poeta malo que escribe versos penosos, que se esfuerza en poetizar cuando no hay más que carne sobre el hueso como dice el amigo Bukowski, the flesh covers the bone and they put a mind in there and sometimes a soul, pero ni mente ni alma… Nobody ever finds the one. Porque no existe un the one para nadie. Estamos solos, hermana, yo estoy sólo y tú estás sola y fingimos que nos entendemos y que nos acompañamos cuando lo único que sale de nuestras bocas son palabras desmañadas, palabras huecas que creemos que significan algo pero no hay nada en ellas, no te engañes hermana, sólo hay una ilusión de sentido, sólo hay sintaxis. Y lo demás, la acción… mujeres que follan, hombres que follan… hablamos para follar, todos los jodidos hombres y mujeres hablando y hablando… para follar. Hermana, no te engañes…


"Sister I'm a Poet", Morrissey. Vídeo incluido en la compilación Hulmerist (1990).

miércoles, 18 de marzo de 2009

La lectora

Tan absorbente era su gusto por la lectura de las novelas de Jane Austen que olvidaba lentamente cualquier otra cosa. Cuando comenzaba a leer Orgullo y prejuicio entraba en una especie de ardor somnoliento: una hipnótica lectura que la dejaba exhausta e inservible para nada más. Durante dos días; si es que tenía que mantener las formas básicas de la rutina diaria: comer con sus padres, vestirse, cruzar el pasillo de vez en cuando para ir al baño - una figura extraviada envuelta en un sueño; en fin, el resto del tiempo no había ninguna otra cosa salvo la historia que contaba la señorita Austen. Los que tienen esta clase de obsesiones comprenden el peligro que entraña satisfacerlas pero no pueden evitar abandonarse a saborearlas con esa somnolienta violencia, la de la vista fija en las líneas de texto, tan dulcemente hipnótica que lo va cansando a uno hasta dejarlo melancólico como en un sueño. Así sucedía cada vez. Pero cuando llega el final, los obsesos lo saben bien a pesar de sus íntimas satisfacciones, cuando la vista ya no tiene líneas de texto a las que agarrarse y la mente se desprende de la tirantez de un poderoso argumento, entonces el obseso tarda todavía un poco en reconocerse de nuevo, en volver a sus otras cosas, esas obligaciones, con uno, con los demás, con quién sabe qué. Camina como en un ensueño un poco más, pero un ensueño que se vuelve melancólico, que le deja un poco exhausto, y tarda en reconocer lo que hay a su alrededor como si tuviese las pestañas espesas de legañas.