viernes, 29 de julio de 2011

Porque estuvimos allí, hubo que regresar...

Steel man silhouette 3, fotografía de pigsonthewinguk (algunos derechos reservados bajo licencia Creative Commons 2.0)


Conversaciones poéticas
(Formentor, mayo de 1959)

A Carlos Barral, amante de la estatua

Predominaba un sentimiento
de general jubilación.
Abrazos,
inesperadas preguntas de amistad
y la salutación
de algún maestro
-borrosamente afín a su retrato
en la Antología de Gerardo Diego-
nos recibieron al entrar.
Llegábamos,
después de un viaje demasiado breve,
de otro mundo quizá no más real
pero sin duda menos pintoresco.

Y algo de nuestro invierno, de sus preocupaciones
y de sus precauciones, seguramente se notaba
en nosotros aun cuando alcanzamos
el fondo de la estancia, donde un hombre muy joven,
de pie, nos esperaba silencioso
junto a los grandes ventanales.
Alguien nos presentó
por nuestros nombres, mientras que dábamos las gracias.
Y enseguida salimos al jardín.

A la orilla del mar,
entre geranios,
en el pequeño pabellón bajo los pinos
las conversaciones empezaban.
Sólo muy vagamente
recuerdo lo que hablamos -la imprecisión de hablar,
la sensación de hablar y oír hablar
es lo que me ha quedado, sobre todo.
Y las pausas pesadas como presentimientos,
las imágenes sueltas
del mar ensombreciéndose, pintado en la ventana,
y de la agitación silenciosa de los pinos
en el atardecer, captada unos instantes.
Hasta que al fin las luces se encendieron.

De noche, la terraza estaba aún tibia
y era dulce dejarse junto al mar,
con la luna y la música
difuminando los jardines, el Hotel apagado
en donde los famosos ya dormían.
Quedábamos los jóvenes.
No sé si la bebida
sola nos exaltó, puede que el aire,
la suavidad de la naturaleza
que hacía más lejanas nuestras voces,
menos reales, cuando rompimos a cantar.
Fue entonces ese instante de la noche
que se confunde casi con la vida.
Alguien bajó a besar los labios de la estatua
blanca, dentro en el mar, mientras que vacilábamos
contra la madrugada. Y yo pedí,
grité que por favor que no volviéramos
nunca, nunca jamás a casa.

Por supuesto, volvimos.
Es invierno otra vez, y mis ideas
sobre cualquier posible paraíso
me parece que están bastante claras
mientras escribo este poema
pero,
para qué no admitir que fui feliz,
que a menudo me acuerdo?

En estas otras noches de noviembre,
negras de agua, cuando se oyen bocinas
de barco, entre dos sueños, uno piensa
en lo que queda de esos días:
algo de luz y un poco de calor
intermitente,
como una brasa de antracita.

Jaime Gil de Biedma

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